Turismo Sexual…

 
“Una prostituta se quita la ropa y se trepa sobre ti si tienes dinero.
 Si eso te excita, estás a un nivel muy bajo.”
 Mark B. ( The Elfish Gene )

 

Daniel se divertía con su novia. Pensaba que la amaba de verdad. Pasaban mucho tiempo juntos y acababan de cumplir tres años de relación. Sin embargo, había deseos escondidos en el corazón de Daniel que nunca salían a flote en presencia de Lina, su novia. Quería experimentar otras posiciones, hablar de otra forma, inventar juegos, y personajes. Lina, por su parte era callada y recatada durante el sexo. Pensaba que eso le gustaba a Daniel. Aunque no había mucha variedad y casi siempre era el mismo procedimiento. Los besos, las caricias en los senos, en la ingle, el acto en sí, tres minutos, acabó. Lina no le decía nada porque lo amaba demasiado y pensaba que heriría sus sentimientos si le contaba lo que ella realmente pensaba.

 

Las noches pasaban. Todos los viernes eran iguales. Las mismas caricias, los mismos toques. Un día Daniel se hartó. Un viernes entró a un table dance. La noche en que llegó al centro nocturno Daniel conoció a Olivia, una prostituta. Pagó por estar con ella y pedirle que le cumpliera sus más profundas aspiraciones sexuales al estar con una mujer. Ella no lo besó, pero si le dió sexo oral, varias posiciones extrañas, y le robó $500 dólares más de propina. Le dejó su tarjeta y le dijo que la llamara cuando quisiera. A partir de ese día Daniel la llamaba cada semana. Siempre la misma prostituta, para evitar riesgo de contagio. 

 

Un domingo, Lina despertó con un malestar terrible. Por la noche Daniel la llevó a la sala de urgencias. El diagnóstico fue sífilis. Lina no lo podía creer. El único que la contagió era Daniel. Sus lágrimas escurrían por sus mejillas mientras Daniel repetía “Lo siento, lo siento tanto.” Al parecer, al no usar condón durante el sexo oral, Olivia había contagiado a Daniel, y este a su vez, contagió a Lina. 

Daniel nunca tuvo el valor de confesarle a Lina lo que realmente quería. Lástima que era muy tarde para eso. Lina no confió nunca más en él. Rompió la relación unos meses más tarde.

 

****************

Hacerlo se sentía simplemente bien. Eduardo y sus amigos estaban lejos de su país, de sus novias, y con un montón de chicas lindas. Apenas eran las 12 del día, y las chicas ya estaban sin bra, parecía que no había límites, que podían hacer de todo. Antes de las 12 de la noche, todos habían sucumbido a la tentación. Algunas chicas propusieron un trato suculento: por más dinero permitirían las relaciones sexuales sin condón. Eduardo tomó la oferta. La mujer era alta y delgada, rubia y usaba un conjunto de ropa interior rojo con diamantina del mismo tono. Llevaba los labios pintados de rojo y gemía cada vez que Eduardo hacía algún movimiento. Diez minutos después todo acabó. La rubia despampanante se puso su sostén de nuevo, se acomodó la braga y salió en busca de otro cliente. 

A la mañana siguiente Eduardo no le contestó el celular a su novia. Era 22 de agosto. Cumplían un año de estar juntos. Él le había dado el anillo de compromiso dos meses atrás, y se casarían dentro de seis meses. Eduardo quizo olvidar todo cuando regresó a su país natal, Colombia.

El recuerdo resurgió unos años después, cuando ya casados, no podían concebir un hijo. En unos exámenes de rutina, algo saltó a la vista del médico. Eduardo no tenía anticuerpos, algo raro estaba pasando. Mandó hacer la prueba de Elisa. Diana enloqueció cuando leyó el resultado. “HIV POSITIVE”. Le pegó a Eduardo, lloró, se tiró al piso y pataleó. Terminó su matrimonio ahí mismo con él. Los papeles de divorció llegaron dos meses después de la muerte de Eduardo. Diana se trataba con retrovirales. No se atrevió a intentar tener hijos jamás. No hablaba casi con nadie. Su enfermedad la había vuelto su eterna esclava, hasta que el día de su muerte llegara.

 

 

 

 

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