Historietas Influenzables…

 

Era más que una sexy gatita.

Era más que una sexy gatita.

 

El objetivo era matar al presidente negro. Se había pensado en muchas opciones pero no tendrían manera de maniobrar. El jefe tuvo la gran idea cerca de la media noche. Hizo unas llamadas. Una banda rusa les debía un favor. 

***

EL SALÓN de fiestas del Museo de Antropología ubicado en la capital de México, lucía como nunca. Las mesas arregladas elegantemente, invitaban a extranjeros y locales a disfrutar de la cena. En cada charola había un manjar. Delicias culinarias se ofrecían a los comensales y brindaban con discreta alegría.

Las mujeres y los hombres, eligieron vestir el negro por default. Un color que no falla en la moda, pero el panorama era más bien aburrido. 

Dentro de la limo, Michelle intercambiaba algunas palabras con Barack.

-Cariño, no tengo buen presentimiento sobre esta cena. 

-Todo estará bien.-le respondió.

-Es que este país, es muy inseguro, no me siento tranquila, siento que algo está mal. 

-Tenemos a la CIA, a francotiradores, y aparte varios agentes secretos por aquí. ¿Qué te da miedo?

-No sé. Hay algo..que me inquieta.

-Llegamos, dijo él, mientras se acercaba a la puerta del auto. Michelle tomó su mano, y el la miró fijamente a los ojos. Ella desvió la mirada y el soltó su mano. Los dos bajaron del auto. Michelle intentó lucir ecuánime como siempre, pero le costó especial trabajo ocultar su nerviosismo. 

***

Slvetanska Komarki esperaba en la entrada del museo. Todo hombre presente, no podía evitar alabar su belleza. Sostenía una copa de champan en la mano, y vestía un vestido negro con franjas blancas. Todos pensaron que era esposa o hija de algún canciller. Nadie cuestionó su presencia ahí. Sonreía a medida que la gente pasaba. Una vieja ya entrada en años se le acercó. Slvetanska dejó la sonrisa. 

-¿Por qué no entras ya hermosura? La cena está apunto de comenzar, te tengo que presentar a mucha gente de mi país y están allá adentro, no creerán tu belleza cuando la vean. En nuestra tierra ya no hay jóvenes cómo tú. 

-Ahora voy, dijo Slvetanska un poco alterada. 

-Lo siento, pero no puedo dejar pasar esta oportunidad. Ven vamos.

La vieja tomó por el brazo a Slvetanska, que trataba de soltarse, cuando miró hacia arriba. Sus dos cómplices la miraban desde la ventana de un edificio. 

-Ve con la vieja, después has una excusa, y sales de ahí, dijo Jefe, totalmente sereno.

Slvetanska sostuvo la pequeña bocina en su oído. Asintió. La vieja hablaba sobre su país, sobre cómo la vida en el campo no se comparaba a la glamorosa vida de ciudad, y de otras vivencias como la Segunda Guerra Mundial, y los nuevos affaires políticos.

-Disculpen, iré al tocador, dijo Slvetanska con la mejor sonrisa que pudo hacer. 

Sin que nadie la notara entró al baño. Debajo de un excusado la esperaba una maleta negra. Sería muy sencillo a partir de aquí. Se quitó la peluca rubia, dejando su negro cabello totalmente rizado bajo una red. Tomó el impecable traje de mesera y se vistió. Desmaquilló su rostro y se colocó pupilentes cafés.Por fin sacó de la maleta lo más importante. Dos pequeños tubos con un poderoso virus: la unión de la influenza humana, aviar, y porcina. Totalmente letal. Slvetanksa sonrió con malignidad. Escondió de nuevo la maleta y salió.

Se dirigió a la cocina. Ahí la aguardaban las órdenes para las diferentes mesas. En este tipo de eventos se clasifican las mesas VIP donde se encuentran los presidentes y sus esposas. De pronto, se topó con lo que estaba buscando. La mesa donde estaban sentados el presidente de México, el de Estados Unidos, junto con Felipe Olmos, el director del museo y otros diplomáticos. Slvetanska leyó con atención: “Barack Obama” y se dispuso a vaciar los dos frascos sobre el jugoso filete de salmón que esperaba a ser comido en un plato.

-¡Hey! Esas órdenes aún no están listas. ¡Sal de aquí! le dijo un chef mientras se aproximaba a ella. Slvetanska no quería ser reconocida por lo que se disculpó y salió lo más rápido posible de la cocina. Disimuladamente, se escurrió hasta el baño, donde sacó su maleta y volvió a arreglarse. La rubia despampanante salió del baño, dió una vuelta por el salón y se retiró del recinto.Una mesera entró corriendo hasta la cocina. 

-¡El presidente Obama acaba de cambiar su orden! No quiere pescado, desea la comida cantonesa acompañada de la guarnición del salmón! 

-¿A quién más le daremos salmón? preguntó un asistente del chef. 

-Al director del museo, dijo el chef sin preocupaciones. -No te preocupes Reyna. Le damos el salmón al director, a Obama su pedido especial y todos felices. 

El chef se volteó, y silbando, continuó con su trabajo. Gritaba de un lado a otro en la cocina. Reyna, la mesera, regresó y llevó las órdenes. El salmón al director, Michelle y Barack comerían el pedido especial. El presidente de México y su esposa, tendrían la cena estándar. Fue una cena aburrida, no había pláticas interesantes. Todos trataban de abarcar temas my generales, y ocultaban algo de sí mismos. Michelle miraba a Barack con detenimiento. Se había dado cuenta que, en menos de tres meses, su vida había dado un giro inesperado. Ahora él era uno de los hombres más poderosos del mundo, y ella, su acompañante incondicional. 

***

Felipe Olmos, era atendido de emergencia en un hospital. Los doctores no sabían que le había ocurrido. Detectaban una insuficiencia respiratoria acompañada de pulmonía. Para las 6 de la mañana, no había nada que hacer. La necropsia, reveló algo realmente atemorizante. Había muerto por un virus de influenza nunca antes conocido. Se tomaron muestras y se enviaron laboratorios de Estados Unidos y Canadá. Pronto se supo que la familia del fallecido tenía varios infectados, y éstos a su vez habían contagiado a otras personas. En pocos días, en la capital del país el número de infectados rebasaba el millar. La gente no sabía que pasaba, y muchos no tomaban medidas preventivas. 

Un nuevo virus comenzaba a recorrer el mundo…

 

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