El taxista acosador

Todo me sucedió una mañana de este invierno que apenas empieza. Corría, como es de costumbre hacia a la avenida esperanzada en encontrar un taxi, ya que mi auto estaba en el taller, y por mencionar, los camiones que van hacia mi trabajo por la bendita obra de Mr. Ebrard, tardan hasta una hora y media. Así que sin más opciones de donde elegir, tenía que tomar un taxi.

Tomé mi celular para ver la hora y en ese justo momento una unidad vacía pasó frente a mi. Jeez. ‘Ni modo’, me dije mentalmente y vi como el taxista captó que andaba buscando taxi. Se detuvo y me hizo señas para subir. Lo dudé un poco la verdad, pero no tenía tiempo así que corrí y lo abordé.

“¿Estabas dudando si subirte o no verdad?”, me dijo con una sonrisa que ya tenía huecos a falta de dientes. Tenía la piel oscura, ojos negros, una panza prominente, y traía una chamarra pachona de esas que tienen el distintivo de algún equipo de fútbol americano, estaba como en sus cuarentas y no tenía buen aspecto. Era el típico taxi, con asientos de “piel” negra, con un olor característico, entre smog y colonia barata, y una imagen de “Jesús” pegada en el retrovisor.

“Mmm..sí, es que pensé que venía ocupado”, le dije, tratando de sonar cordial. No soy muy partidaria de hablar con los taxistas, me ponen nerviosa, y no me gusta hablar con extraños. “Siempre vengo libre para las chicas guapas”, me dijo en un tono más bien lascivo. Yo sólo sonreí y asentí. Supuse que lo mejor sería “arreglarme” es decir maquillarme para no prestarle tanta atención y ver si me dejaba de hablar.

Al momento en que ponía sombra azul oscuro sobre mi párpado me dijo: “¿Quieres resaltar tu belleza?”, volteé y lo miré con cara de what. “¿Qué?”, le dije en un tono molesto, y me contestó, “Es que ya estas muy guapa amiga, ¿Qué tal si te hago mi amiga?” Estiró la mano. Dudé dos segundos y le di la muñeca, con el espejo en mano. Este asunto empezaba a olerme muy mal, y no sabía qué hacer, pensé en decirle que me bajara, pero íbamos sobre Río Churubusco, una vía rápida de la ciudad, y como comprenderán no podía detenerse así nomás.

“¿Quieres que pase por ti en la noche?”, me insistió. “No gracias, mi padre pasa por mí todas las noches”, contesté. “¿Mi suegro?” Puse cara de asco. Esto ya estaba muy mal. “¿Por qué te ‘chiveas’? ¿Ira? ¿Por qué te chiveas?” me decía en tono insistente pero imperativo, me sentí muy incómoda. En el alto echó su asiento para atrás y veía cómo me arreglaba. “No hagas eso”, le dije. Acomodo su asiento.

“¿Qué te parece si intercambiamos teléfonos?”, preguntó. “No tengo teléfono”, le contesté. Enojado y mirando por el retrovisor dijo, “¿Por qué no?” Tuve miedo y le dije que no tenía celular pero que con mucho gusto le daba el de mi casa. En una actitud más amigable, apunto mi número al llegar al alto. Le dicté un número falso y pareció contentarse. El me anotó el suyo en un papel. Se llamaba Carlos. Decidí que lo mejor sería bajarme varias cuadras antes de mi trabajo para que no supiera a dónde iba.

El taxímetro marcaba 50 pesos. Pagué con un billete de 100. Me dijo que no tenía cambio porque yo era “su primer pasaje del día”. Según. Estacionó el auto dentro de una calle y me dijo que lo esperara que iría por cambio. Yo no me esperé bajé del auto y en la esquina lo encontré de nuevo. Me regresó mis 50, y me preguntó que cuando nos volveríamos a ver. En mi mente le decía todas las groserías que pudiera haber aprendido en la vida. “Pronto, pues me hablas”, le dije para que ya me dejara ir. “Ok, hasta luego”, me dijo mientras estiraba la mano, anticipé su movimiento y le di la mano mientras mantenía rígido mi brazo. Me quizo jalar y me dijo en un tono de enojo: “¡Despídete bien!”

Le grité que no, y eché a correr. Una, dos, tres cuadras sin voltear para atrás lo más rápido que pude. Antes de entrar al edificio doble chequé que nadie me viniera siguiendo, y ese día ni salí a comer.

Me sentí pendeja, por no saber manejar la situación. Me sentí horrenda pensando cara de nosequé me vió ese tipo. ¿Creyó que lavaba ajeno? o ¿Cómo cree que chicas como nosotras, como yo nos vamos a fijar en tan horrible adefesio? En fin, hasta hoy sufro de delirio de persecusión, no he vuelto a abordar un taxi en la calle, y si no tengo auto, le ruego a mi papá que me lleve a donde voy.

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